Curiosidades de Benidorm, ‘El Infierno’ según cierto obispo.


Uno va a Benidorm porque quiere playa a un precio asequible. . . . . . . . . 

Uno va a Benidorm porque quiere playa a un precio asequible. Luego llega y se encuentra con un auténtico parque temático. Playa hay, pero también un desfile de personajes y escenas curiosas: ir y venir de sillas motorizadas con jubilados de toda Europa pululando como hormigas desnortadas; Grupos de solteros y solteras más alegres aún sorteando a los pensionistas de pub en pub por Levante; la sala Benidorm Palace (el Molin Rouge español); y la del Acordeón, más joven que hace 30 años, cantando frente a colas de “imsersos” mirándola tras el cristal de la calle Gerona.

Pocos visitantes imaginan que la ciudad del “destape” tuvo un pasado serio con huellas que se remontan a la conquista Cartaginesa cuando formó parte del territorio Bizantino. O la otra reconquista, cuando también fue Castilla. No saben que en el XVIII alguien lo describió en un libro como lugar donde habitaban personas de sospechosa longevidad y menos que en el XX un obispo quiso colgar a su entrada el cartel “El Infierno” por permitir a las féminas lucir el lujurioso bikini.


Desde la «Palmera» (plaza de la Creu), mirando hacia un corvado puente, uno debe empezar el recorrido histórico imaginando una vaguada. Por ella iba la via romana ‘Dianium’ que comunicaba asentamientos costeros. Según cuentan, su trazado pudo reutilizarse para crear el primer camino que conduciría al desaparecido castillo del viejo Benidorm.

El lugar que fue vaguada y paso de la via romana

El castillo estaba en lo que ahora tiene tal nombre pero es un mirador de blanca balaustrada ubicado sobre el peñón que separa las playas de Levante y Poniente. Unos cañones decorativos indican lo que fue (aunque no son los reales, pues esos se encontraron hace poco tirados en un cementerio local).
Antiguo Castillo de Benidorm.

No era el de Benidorm un castillo al uso de gran señor y servidumbre, sino una fortaleza defensiva cuyo objetivo tampoco era defender la tierra, sino el mar. La bahía refugiaba naves que necesitaban repostar o resguardarse y para ellos se pensó la atalaya, desaparecida hace más de dos siglos en un bombardeo inglés producido en 1812 durante la invasión francesa que dejó el fortín en ruinas (hasta que en 1928 se reformó como plaza-mirador).

Bajo él está el puerto. En éste se ven aún raíles oxidados cara al mar. Portaron las piedras, probablemente salidas del Tossal ibero de La Cala, para formar el espigón y puerto actual.


Frente al lugar de partida de barcos a la isla, pueden verse, como curiosidad, los últimos barcos pesqueros de Benidorm. Uno lo lleva una familia de El Campello. Otro, el último pescador en activo nacido en la villa, Jose Miguel Martínez. Su familia es parte de la historia marinera del pueblo junto a la de otros cuyos nombres están en plaquitas de cerámica de una placilla casi invisible en la entrada del puerto. No en vano, aunque la Cofradía de Pescadores de Benidorm sobrevive con 2 barcos, cuando se fundó en 1921 tenía medio centenar. (Eso si, nunca hubo lonja y hoy el género se vende en Altea).
Benidorm, vista desde lo alto del tossal que fue ibero

Por Poniente llegamos a La Cala. A la urbanización Mont Benidorm, sobre otro peñón saliente al mar. Los bungalos destruyeron la mayor parte de un yacimiento íbero en los 80. En los últimos tiempos se está excavando y estudiando este Tossal en el que veneraban a la diosa Tanit.

En la otra punta de Benidorm, en el parque natural Sierra Helada, está un Bien de Interés Cultural: La Torre Punta del Cavall. Formó parte de la red de torres defensivas de la costa en el siglo XVI ante el hostigamiento de los piratas berberiscos que llegaban en busca de esclavos. Próxima a ella está la Cruz.

Se puso (la original, la de ahora no lo es) hace más de medio siglo en una misión evangelizadora que tenía como objeto demostrar que el alma de la villa no era tan pecadora como le atribuía su fama, convertida en “libertina” con la bula franquista lograda por el alcalde Don Pedro Zaragoza para que las extranjeras lucieran bikini.

La cruz fue llevada a hombros en 1961, evitando con ello que un obispo cumpliera su amenaza de poner un cartel a la entrada del pueblo diciendo: “El Infierno”. Hoy se quedaría clavado de espanto al saber que es un enclave que igual sirve para darse achuchones, hacer botellones, descansar en rutas senderistas, lanzar cenizas de seres queridos o rodar pelis porno…


PD. La Asociación Marina Histórica organiza rutas en las que descubrir estas historias. Las impulsa la Concejalía de Cultura, que al fin cuenta con una concejal que trabaja para rescatar de verdad el patrimonio histórico de esta moderna ciudad.

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