"Alicante, la casa de la primavera. - Wenceslao Fernández Flórez"

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La Voladura Del Castillo De Santa Bárbara.

Vista de Alicante y Castillo de Santa Bárbara. Grabado s. XVIII

Tal día como el de hoy, 1 de marzo (o 29 de Febrero en el caso de años bisiestos),
se cumple el aniversario de uno de los hitos más importantes de la ciudad de Alicante, un hecho del pasado que nos habla de gallardía y heroicidad pero también de la falta de escrúpulos que mueve a algunos gobernantes con tal de alcanzar el poder y la gloria. Una metáfora de tiempos pasados que bien podría tener su reflejo en los tiempos actuales de la que nos queda en la memoria una lección que no deberíamos olvidar nunca y una cicatriz en el rostro y el alma de nuestra ciudad.

Nos remontamos a comienzos del siglo  XVIII. Ha fallecido Carlos II y se desencadena la guerra de Sucesión (1706-1709) entre Felipe V (respaldado por Francia) y el Archiduque de Austria (con  apoyo de Inglaterra). Nuestra plaza y castillo, partidaria de Felipe V, estaba mandada por el mariscal francés Conde Mahoní.

El 15 de Junio de 1706, ancló en nuestras aguas la escuadra inglesa compuesta por 70 bajeles de guerra, 30 transportes y 9 pontones, para parlamentar con Mahoní y convencerlo para que entregara la plaza, sin resultado, por lo que a principios de agosto, Alicante fue tomada al asalto

“Dispararon nuestros baluartes y, al mismo tiempo, los bajeles hicieron fuego con  su artillería, con bombas y granadas reales. Duró el fuego de los ingleses desde el mar y tierra, ocho días y noches, disparándose 135 balas, y cuatro mil bombas y granadas. Todas las noches había asaltos aprovechando las brechas que en el Muro del Mar hacían las baterías de los Bajeles, acudiendo la población civil y algunos soldados veteranos, con gran valor a cerrar las brechas” (Maltés y López)

A las 08.00  horas del 8 de agosto, entraron los ingleses por una brecha de la Plaza del Mar. Ni la pericia del mando francés, ni el valor de las tropas, ni el patriotismo del vecindario, pudieron soportar la dureza de los asaltos de que fue objeto la ciudad. El Mariscal Mahoní antes de rendirse se retiró al castillo con las  tropas que quedaban.

Dueños de la situación, las tropas del Archiduque de Austria, sin nadie que controlase la barbarie de la soldadesca, se dedicaron al saqueo durante un  mes, sirviendo los muebles, las puertas y ventanas de las casas para hacer fuego; menos algunas casas en que habitaban los oficiales de los invasores y algunos del partido imperial, todas estaban maltratadas.

Los retirados a la fortaleza pasaron revista a sus tropas, contando con 2.000  hombres, aproximadamente, con un variado muestrario internacional compuesto por  franceses, italianos e irlandeses,  además de 700 españoles de la Ciudad y de la Hoya de Castalla, lo que conformaba un grupo heterogéneo muy poco propicio para la unidad de sentimientos y conductas que exigía el caso. Por este motivo, y teniendo en cuenta los pertrechos y víveres con que se contaba, se acordó aligerar la guarnición del castillo.

Tras un mes de resistir en el castillo, se acumulaban las múltiples dificultades creadas por los sitiadores: inteligencias secretas, facilidades a los desertores y otros muchos problemas gravísimos en aquellos momentos, para forzar su rendición. Mahoní, no tiene más remedio que rendirse mediante una honrosa capitulación.

Sus fuerzas salieron del castillo con todos los honores el 6 de septiembre de 1706, despidiéndose de Alicante sin dar por perdida definitivamente una plaza tan importante mientras murmuraban entre dientes un sentido ¡hasta luego!.

Las tropas del Archiduque, al mando del Conde de Peterboow durante algo más de dos años, se dedicaron a restaurar y mejorar las defensas del castillo y de la población.

Pasado este tiempo, el 28 de Noviembre de 1708, llegaron de nuevo a las puertas de Alicante las tropas francesas de Felipe V con el objetivo de recuperar la ciudad. El Gobernador de la plaza, estimando no poder defenderla con éxito, ofreció entregarla “si le hacían ciertas concesiones”. Aceptó el sitiador su proposición, y el día siete salieron de Alicante tres regimientos ingleses con todos los honores de guerra, mientras Sir Richard Siburch se replegaba al castillo con el resto de la guarnición, resuelto a no entregarse bajo ningún concepto.

El caballero Asfeld, que mandaba las tropas francesas de apoyo a Felipe V, no contento con la recuperación de la ciudad, quería lograr también la del castillo, pero aquello no era empresa fácil dada la orografía del terreno y la ubicación estratégica en la que fue edificado el castillo y, a pesar de su arrojo, se vio detenido por espacio de varios meses al pie de tan inexpugnable fortaleza.

Los ingleses no les andaban a la zaga en tesón y así, Alicante se vió convertida en teatro de una lucha verdaderamente heroica. El caballero Asfeld, comprendiendo lo difícil era la empresa de ganar el fuerte, decidió poner en práctica un medio insólito que terminaría bien con la entrega del castillo, o bien con el sacrificio de toda su guarnición: abrir una enorme mina bajo las murallas y torreones situados al mediodía del Santa Bárbara, cargarla de pólvora y volarla si sus defensores no se entregaban.

La mina consistía en un túnel de unos 20 metros de profundidad excavado bajo la fachada este del castillo. Se internaba en el monte Benacantil, dividiéndose luego en diversas galerías. Una vez finalizada la obra el 14 de febrero de 1709, se rellenó con 1.500 quintales de pólvora – unas 10 toneladas -, masa inaudita en los anales bélicos.

El día 28 de febrero, Asfeld hizo saber a los defensores ingleses del castillo que, si en el plazo de 24 horas no lo evacuaban, los haría perecer entre sus escombros. Los ingenieros de la resistencia practicaron una contramina como medida desesperada que esperaban sirviera para reducir notablemente los efectos de la explosión. Sir Richard Siburch, se negó a entregarse y respondió que podían poner fuego a la mina cuando quisieran.

Boca de la contramina arriba mencionada.

A las cinco de la mañana del día 29 de febrero de 1709, el ayudante de la plaza, don Miguel Morelló, aplicó la mecha a la boca de la mina dando pie a la voladura parcial del castillo. Con la explosión, todas las fortificaciones del Mediodía se desplomaron con estruendo ocasionando la muerte de Sir Richard, jefe de las fuerzas que guarnecían el fuerte, y de 150 de sus heroicos defensores “sepultando“, según un cronista de la época, “entre sus escombros gran número de casas que formaban un barrio” (se entiende que el de Santa Cruz o el Raval Roig). Sobre la fortificación, las crónicas oficiales hablan sobre el derribo del baluarte y el 2º cuerpo de la fortaleza.

Contra todo pronóstico, los británicos supervivientes siguieron resistiendo con máximo heroísmo entre los escombros de la fortaleza hasta el 20 de abril de 1709, cuando los diezmados restos de aquellas heroicas fuerzas, apenas unos 600 hombres, abandonaron las ruinas del Santa Barbara y salieron de Alicante entre honores de guerra. ¡Bien se lo habían ganado!

Víctor M. Guerra López y Víctor M. Guerra Carratalá

Bibliografía:  Reseña Histórica de la Ciudad de Alicante – 1863 Nicasio Camilo Jover. Crónica de Alicante 1876 – Rafael Viravens y Pastor. El Castillo de Santa Bárbara de Alicante – 1959 – Francisco Figueras Pacheco

Publicado el 1 marzo, 2013 por Victurs                                      © Web del Autor →
ORIGEN DEL ARTICULO: https://lamillorterradelmon.com/2013/03/01/la-voladura-del-castillo-de-santa-barbara/
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