"Alicante, la casa de la primavera. - Wenceslao Fernández Flórez"

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Ni en las mejores mascletás.


Primer día de la visita de Isabel II a Alicante con motivo de la llegada del tren a la ciudad. Benjamín Llorens nos presenta una crónica detallista de los eventos, actos y preparativos que tuvieron lugar entonces, en el Alicante de mediados del s. XIX. 


Tras inaugurar oficialmente el camino de hierro Madrid-Alicante, dejamos a Isabel II a las puertas de la ciudad, frente a las murallas. Cumpliendo con el protocolo, las autoridades ofrecieron a la Reina las llaves e Isabel y su séquito se aprestaron a franquear la puerta de San Francisco (en la actual plaza de Calvo Sotelo).


Al atravesar las murallas, entrando por fin en Alicante, se organizó un jolgorio sonoro de padre y muy señor mío. A saber: repicaron las campanas de todas las iglesias, la docena de buques de la Armada fondeados en el puerto disparó salvas de artillería a las que se unieron más cañonazos desde el castillo de Santa Bárbara, el de San Fernando y el baluarte de San Carlos (actual plaza de Canalejas). Alicante era un trueno. Vamos, que ni en las mejores mascletás.


Puerta de San Francisco, grabado. AMA.

Por la calle San Francisco la comitiva real se dirigió hacia la plaza de la Constitución (hoy Portal de Elche) donde se había instalado otro grandioso arco de triunfo (era costumbre que los monarcas tuvieran que pasar bajo ellos en todas sus visitas, que para eso eran "arcos de realeza"). Estaba compuesto por un arco central -de mayor tamaño- y dos laterales vestidos con mucho oropel, cortinajes, cintas y la parafernalia habitual. De la parte central colgaba una gigantesca corona rodeada de flores. Todos los edificios del recorrido estaban engalanados con cargo a las arcas municipales.

A través del arco la comitiva accedía al centro de la ciudad para dirigirse a la Colegiata de San Nicolás. En la puerta de la calle Labradores esperaba todo el cabildo y allí se detuvo la carroza real. Descendió Isabel II seguida del rey consorte para arrodillarse sobre almohadones de terciopelo azul ("tan azul como el límpido cielo alicantino", que narraban las crónicas de entonces) y besar la cruz que le mostró el abad. Acto seguido y bajo palio, los reyes se dirigieron al altar mayor para otro oficio religioso, tras el celebrado en la estación.

Nada más finalizar, salieron pitando en su carroza camino del Palacio Consistorial accediendo a la plaza del Mar (hoy del Ayuntamiento) bajo un nuevo arco.


Grabado conmemorativo. Al fondo izq. torre del Ayuntamiento de Alicante.

Eran las 8 de la tarde cuando el concejo municipal, prietas las filas al pie de la escalera principal del Ayuntamiento, ofreció éste a la Reina para alojarse con su familia durante los 3 dias de su estancia alicantina. La servidumbre real y el séquito (políticos, aristócratas, empresarios) se hospedaban -algunos- en las casas de la nobleza y burguesía locales. El propio Juan Vila y Blanco, cronista oficial de la visita, albergó en su casa al escritor Pedro Antonio de Alarcón y al intendente de la Casa Real, Antonio Flores. Otros lo hacían en hoteles y fondas, como el Hotel du Vapeur (más tarde Hotel Palas), el Cruz de Malta y las fondas Italiana, Barcelonesa y de Bossío (junto al Teatro Principal)


Llegados al Ayuntamiento los reyes hicieron un receso en sus aposentos. Esa noche ya no saldrían del palacio pero su "jornada laboral" aún no había terminado, les esperaba una cena con más de 50 invitados.

En el convite, flanqueando a la Reina, el presidente del gobierno de su majestad Francisco Javier Isturiz y el embajador de Francia.


En la calle varias orquestas le metían decibelios a la fiesta. La ciudad estaba espectacular, engalanada y con una iluminación extra a base de fanales y farolillos. Veinticuatro bandas de música recorrian el casco urbano (básicamente lo que hoy llamamos el "centro histórico"). Avanzaba la noche pero nadie dormía. Las calles estaban repletas de gente de todas las edades, muchos venidos de fuera, desde la misma provincia y otras limítrofes. Alicante estaba a reventar.


Grabado de Rouargue coloreado a mano.

Casi a medianoche, los reyes salen al balcón principal. Saludos, vítores y fuegos artificiales desde el Malecón (actual Explanada). Después "vamos a la cama que hay que descansar". Poco a poco callan las músicas y se apagan los farolillos. El silencio de la plaza se rompe a intervalos con los taconazos de los soldados que montan la guardia. De fondo, el permanente susurro del Mediterráneo.

En sus aposentos la Reina no duerme. Recorre las estancias que el concejo municipal le ha preparado. Todo remozado, con muebles nuevos traidos de Francia e Italia. En un inmenso salón se alza el trono, sobre tarima alfombrada, bajo un dosel espectacular. Al lado una puerta da acceso al despacho de la Reina. Otro lugar del salón alberga una capilla en la que se puede celebrar misa gracias a una bula pontificia de Pío VI.


A través de otra puerta Isabel II, en su recorrido nocturno, accede a la Cámara Real, toda de azul, paredes, sofás, butacas y sillones. Debía ser el color favorito de la Reina. Hoy es el conocido Salón Azul de estilo "isabelino" y aquel día estaba decorado con mamparas carmesí, arañas de cristal en el techo, candelabros suntuosos, cortinajes de damasco con blancos crespones formando pabellón, cintas azules, franjas de plata, oro y púrpura. No se reparó en gastos y se dilapidó un auténtico "pastón". Tanto que entre los fastos de la visita, los arreglos en infraestructuras y la decoración y muebles nuevos, quedaron las arcas municipales tan vacías que el Ayuntamiento se declaró en quiebra. Se gastó lo que no se tenía.


Pasó la primera noche de la Reina en Alicante. Al día siguiente, 26 de mayo, lucía el sol y tras la oración en la capilla y el desayuno servido en la propia Cámara Real desde las cocinas habilitadas en el piso superior, los monarcas se dirigieron al convento de las Capuchinas (actual Banco de España, en la Rambla). Era un monasterio de clausura pero ese día hizo una excepción y se abrió para la visita real. Cinco días más tarde la abadesa, sor Juana Micó, recibió una donación de 2 mil reales de parte de la Reina. Esa mañana la echó Isabel en cuestiones celestiales pues desde las Capuchinas tomó camino hacia el convento de las Agustinas, a espaldas del Ayuntamiento, que también recibió los correspondientes 2 mil reales. Al regresar al palacio municipal (durante esos días cerrado al público) eran ya las 3 de la tarde y tocaba besamanos.


Alcaldes y autoridades de toda la provincia esperan su segundo de gloria para efectuar la reglamentaria reverencia. En la plaza forma la guardia con uniforme de gala junto a varias bandas militares de música. El acto se celebra en el gran salón del trono. Para acceder a él se debe pasar primero por una antecámara donde una orquesta intenta dar realce al besamanos. Isabel II, aposentada en su trono, es objeto de todas las miradas. Junto a ella el bebé Alfonso, principe de Asturias, en brazos de una nodriza que hoy saldría en todas las fotos.


El futuro Alfonso XII.

Al otro lado, el rey consorte y la Chata (infanta Isabel). Pelín más allá, los ministros del gobierno de su majestad y, a espaldas del trono, los jefes de Palacio. Esta era la cabecera del acto. Fue un incesante desfile para rendir pleitesía a la real moza Isabel II.

Concluido el besamanos y al son de la marcha real salen al balcón para saludar al gentío. La Reina debió gustarse y pasó un buen rato saludando a diestro y siniestro. Tanto se gustó que cogió en brazos al príncipe y lo presentó al pueblo desde la balconada. Griterío ensordecedor ¡vivas, bravos y hurras!

Tras el frenesí, de cabeza al carruaje descubierto que llevaría a los reyes camino del monasterio de la Santa Faz. Eran las 6 de la tarde cuando salieron por la Puerta Ferrisa (hoy podemos ver sus vestigios en el entronque de la calle Mayor con Villavieja, frente a la esquina de la calle Maldonado, a través de una cristalera). Pasó la comitiva frente a la Casa de la Asegurada y la iglesia de Santa María. Un poco más arriba, por la Puerta Nueva, llegaron al Raval Roig divisando ya desde allí la renombrada huerta alicantina de la Condomina. El gentío dejaba pequeñas las calles y caminos. A las puertas del monasterio fueron recibidos por representantes municipales y eclesiásticos. Las monjas cantaron un Te Deum y la Reina oró al pie del altar. A continuación, se abrió el camarín de la reliquia para que fuera contemplada por la familia real.


Una llave se guardaba en el convento al cargo de la abadesa sor Josefa Iborra, la otra la llevaba el concejal Francisco Navarro y estaba custodiada en el Ayuntamiento, guardada en el Arca de Tres Llaves. Unos días más tarde también el monasterio de la Santa Faz recibió la correspondiente donación del trono, otros 2 mil reales.

Finalizada su estancia en el caserío, los monarcas giraron visita a dos casas de campo próximas, la del conde de Pinohermoso primero y la de la duquesa de Uceda después. Ya entrada la noche, de regreso a Alicante, los caminos se llenaban de gente portando antorchas y saludando a la comitiva. Una jornada agotadora hacía necesario reponer fuerzas, así que al llegar al Ayuntamiento otro medio centenar de invitados esperaba para cenar con los reyes en los fastuosos salones preparados al efecto. Fuera, desde la vecina calle Jorge Juan, se organiza un desfile con antorchas y bandas de música para recorrer la ciudad.

Finalizada la cena, los reyes marcharon al Teatro Principal, engalanado para la ocasión a base de lámparas de cristal, cortinajes, alfombras, candelabros de plata y más de 300 luces...total unos 2.200 reales de vellón.


El espectáculo comenzó con lectura de poemas alusivos a la visita, las grandezas de España y su Reina, las maravillas de Alicante...en fin, todo muy florido. Pero la representación estelar era la zarzuela "Percances Teatrales", algo así como las actuales tomas falsas.

Mientras tanto, el Malecón del puerto estaba a rebosar, no cabía un alfiler, el espectáculo valía la pena. Una renombrada pirotecnia de Orihuela disparaba un castillo de fuegos artificiales en honor a la Reina para deleite del personal.


Sobre las 2 de la madrugada, terminados ya los fuegos, finalizó el espectáculo teatral. A la salida, una comitiva de antorchas formada por jóvenes de familias pudientes escoltó a los reyes hasta su alojamiento municipal. Hubo saludos desde el balcón principal mientras en la plaza la música tocaba la marcha real. Al escucharse sus últimas notas, el reloj de la torre marcaba las 3 de la madrugada. Así que bona nit y otra vez vamos a la cama que hay que descansar.

En el próximo Contrastes nos situaremos en el 27 de mayo de 1858, tercer día triunfal.
Imágenes y fuentes:
Biblioteca Digital Hispánica ; Archivo Fotográfico MZA ; Visita de Isabel II a
Alicante, Juan Vila y Blanco ; Archivo Municipal de Alicante ; Cristina
Wircky ; Biblioteca Nacional de España ; Ayuntamiento de Alicante ; B & W
Fireworks.

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