"Alicante, la casa de la primavera. - Wenceslao Fernández Flórez"

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Recuerdos de otras navidades



Era tema obligatorio por estas fechas en mis tiempos escolares escribir una redacción de cuáles eran los motivos por los que nos gustaba la Navidad, dando por supuesto que a todas las niñas del colegio nos regocijaba un tiempo de frío y nieve, cantar al niño en el pesebre y expresar buenos propósitos de paz y amor.

La nieve era más testimonial que otra cosa por estos lares y quedaba reducida a los algodones pegados en copos en los cristales porque
todavía no se había inventado el spray blanco y pegajoso.

Los cánticos gozosos al misterio navideño quedaron grabados para siempre en la memoria que está detrás de la amígdala –al parecer- siendo hoy el día en que todavía puedo entonar de carrerilla el “dime niñoooo de quién ereeees todo vestidito de blancoooo”; y lo de los propósitos de amor se reducían a que “tenía” que ser “más buena” –es decir, mejor persona a mis patéticos cinco o seis años-, quedando enigmáticamente en suspenso el concepto de “paz”, que no entendía qué significaba puesto que nunca había oído hablar de una guerra.

Éramos niñas un poco estúpidas y un poco felices. O eso nos hacían sentir. Privadas del contacto con un mundo real que se nos  resentaba distorsionado, maquillado, eufemísticamente protegidas de los males de la tierra y bendecidas cada noche por escapularios, estampitas y el inefable ángel de la guarda. Y llegaban las navidades y mirábamos al pequeño muñeco desnudito –qué frío para un bebé, qué inconsciencia mostrarlo de esa guisa- con sus dos deditos levantados ya en pose de bendición urbi et orbi y nos parecía maravillosa, mágica e increíble la suerte que teníamos. Era un mundo feliz. Falso, pero feliz.

Así nos hicieron, (así me hicieron) para que luego tuviéramos que gastar toda una vida en deshacer el entuerto, para que aprendiéramos que de los cánticos y las buenas intenciones a la realidad de odio, pobreza y enfermedad, había un corto camino por recorrer mal que nos pesase. Pero era Navidad y compartíamos una barra de turrón y unas almendras de colores con el pobre que venía a llamar a nuestra puerta, consiguiendo de esa manera (y no de otra) equilibrar el desaguisado de toda la injusticia social que desconocíamos (y que bien nos ocultaban).

Pero volviendo al tema de la redacción oportunista, recuerdo haber sacado un suspenso enmarcado en rojo, por haber desnudado mi corazón –empujado por mi cerebro- y escrito que odiaba las Navidades porque todos eran buenos durante unos días y luego volvían a ser igual de malos que el resto del año.

Me quejé de que las monjas se olvidaban durante un par de semanas de los castigos injustos que nos hacían soportar, pataleé –en correcto castellano y sin faltas de ortografía- porque me chantajeaban moralmente (esa era la idea aunque la expresara con otras palabras) diciéndome que si no era buena no recibiría regalos sino trozos de carbón, volqué mi rabia en un papel por el hecho de tener que perdonar las bofetadas desde finales de diciembre hasta el siete de enero sin ninguna concesión a cambio de tanta generosidad por mi parte. Me enseñaron a perdonar, pero nada nos era perdonado…

Mis padres y mis abuelos fueron los maestros de ceremonia perfectos en un tiempo en que a los niños –y no digamos a las niñas- se nos
consideraba poco menos que cretinos en ciernes hasta la llegada oficiosa del “sentido común”; un tiempo en que se insultó a nuestra inteligencia obligándonos a creer que en Navidad, todos teníamos la obligación de ser buenos aunque el resto del año se pudiera ser un perfecto canalla o una auténtica desalmada.

Así nos ha lucido el pelo.
En fin.

LaAlquimista .... Cecilia Casado | 23-12-2011 | 07:52
Fuente del articulo: http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50/2011/12/23/recuerdos-de-otrasnavidades/http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50/2011/12/23/recuerdos-de-otras-navidades/



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