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Señales de humo de las ilustres cigarreras.

Señales de humo de las ilustres cigarreras. Alicante: Adios a la Tabacalera.
Me fumo un cigarrillo en recuerdo de la Tabacalera alicantina que se fue, que se va, en memoria de la yaya Angela, la abuela de mi madrina Maruja, que fue cigarrera y dueña de su casa en la calle San Carlos. Mantuvo a su hijos y después a sus nietos y a sus nietas.

Mi madrina heredó de ella su fortaleza y su sentido de la independencia y una cadena de oro con una medalla enorme de la Santa Faz que la yaya compró a plazos –a raya, se llamaba entonces–; las cigarreras eran las únicas trabajadoras que podían comprarse joyas.
Era común que ni las vendedoras, que les llevaban las alhajas a elegir a la puerta de la fábrica, ni las cigarreras, supieran escribir. Pero los acuerdos se pactaban y el duro pagado era un círculo y la peseta amortizada, una raya. Eran otros tiempos, aún no estaba inventada la era digital, el sistema binario, que viene a ser lo mismo, ceros y unos.

Cuenta mi madre, que decían de la yaya Angela que era tan rápida liando puros, que el varón encargado de acercarle los atos de tabaco no daba abasto con ella. Aquella fábrica fue un acelerador de la historia, una prenda en el corazón de esta ciudad, un tesoro vivo en miles de familias. Grandes palabras sirven para definirla: Industrialización, emancipación, transformación, tesón. Fueron madres y obreras, dieron a luz y amamantaron a sus criaturas que otras mujeres custodiaban en las casas vecinas de la fábrica. ¡Cuantas historias guarda su relato!

El humo del tabaco nos sirve como pantalla de un periplo que comienza cuando a principios del siglo XIX el edificio de la Casa de Misericordia se convirtió en Fábrica de Tabacos, en Alicante. La ciudad cambió, se transformaron las familias que tuvieron entre ellas a cigarreras, fumar se puso de moda; las cigarreras comenzaron un linaje de mujeres independientes y profesionales de prestigio. Su trabajo produjo prosperidad en las casas humildes y en los grandes salones. Los mismo ocurrió en Sevilla, en La Coruña, en Madrid, en San Sebastián…

Durante todo el siglo XIX, la mayor concentración obrera del país, estaba en las fábricas de tabacos. La fábrica de La Coruña contaba con 2.600 empleadas, 1.100 en Cádiz y 3.600 en Alicante, y 4.000 la de Sevila. A estas cifras, hay que sumar las casi 23.000 cigarreras a principios del siglo XX.

La historia contemporánea de Alicante, mi ciudad, está ligada a las cigarreras y a la industria del tabaco. Sumaron en plantilla 4.500 mujeres, como cuenta Caridad Valdés que ha escrito su historia publicada por el Instituto Gil Albert: hubo obreras de todas las edades, niñas desde los 7 años y ancianas que no se jubilaban porque hubo tiempos que no existía tal derecho. A la Fábrica de Tabacos, detrás de la plaza de Toros, llegaban desde todos los puntos de la ciudad, desde San Vicente, desde de la huerta, San Joan y Mutxamel, trazando los caminos que se llamarían de las Cigarreras.

Tener una cigarrera en casa era asegurar la estabilidad económica, la prosperidad y los hombres lo sabían y suerte tenía el que se casaba con una cigarerra. Ser cigarrera era signo de categoría, el más alto rango al que podía aspirar una mujer trabajadora; el oficio les confería prestigio y autonomia. Ellas disfrutaban de una independencia a la que eran ajenas el resto de las mujeres. En tiempos en los que las clases sociales estaban bien compartimentadas, la aristocracia obrera alicantina tenía nombre de mujer: las sabias, las ilustres, las fuertes y deslenguadas cigarreras.

Del puro se pasó al cigarrillo, fumar era un placer al que algunas mujeres accedían, entre ellas, las cigarreras que tenían mando en propia plaza. Los avatares políticos, militares, religiosos atravesaron el devenir de la fábrica; incendios, huelgas, bonanzas y un proceso de modernización imparable que llenó de mujeres las estancias de la fábrica para vaciarlos según terminaba el siglo XX.

Los nuevos propietarios de la Tabacalera, la multinacional Altadis, ha decidido cerrar su planta en Alicante, que en la actualidad cuenta con una plantilla de algo más de trescientas personas. El mundo global del siglo XXI ha concluido que el tabaco hace daño a la salud. Las ventas han descendido y Altadis se lleva la fabrica a otro destino que les resulte más rentable. Queda entre nosotros un edificio cargado de Historia grande y diminuta; queda una memoria de luchas, de trabajo, de innovaciones, de revoluciones sonadas y silenciosas.

No perdamos la oportunidad de retener la historia de esta ciudad a través de sus mujeres fundamentales que aún guardan sorpresas. El viejo edificio de la Tabacalera, testigo de tantas vidas, reclama nuestra atención; tiene muchas historias para devolvernos en forma de memoria, esa materia inaprensible, sugerente e inquieta como el humo.

Cigarreras en 1905. Asociación Cultural Lloixa.

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