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Cuando Caruso cantaba a Alicante.



Se llamaba Esteban Pérez Salgado.....
Se llamaba Esteban Pérez Salgado, pero sólo respondía a su nombre artístico, que tomara prestado un día al célebre tenor napolitano. No era político, ni empresario, ni médico ni jurista. No era figura del deporte o la farándula. Su nombre jamás aparecerá impreso en Las crónicas sociales o en las enciclopedias eruditas. Y sin embargo, Caruso formaba parte del alma de nuestra amada Alicante. Y aún hoy, cuando el paso de los años ha amarilleado su recuerdo, su nombre nos evoca simpáticas imágenes y nostálgico cariño.

Esteban, nuestro querido Caruso, forma parte de ese trozo de la infrahistoria cuyas líneas torcidas son escritas por la vida y obra de personas humildes, anónimas, singulares, esas gentes comunes que se saben ganar un pedazo de nuestro corazón a base de forjarse el respeto y el cariño de sus semejantes, que de esta forma rubrican su paso eterno al imaginario que compone la quintaesencia de una ciudad, una generación, una sociedad, con tanto o más mérito que los artífices de las mayores gestas y logros.

Caruso solía deambular errante por las calles de Alicante con aires despreocupados, luciendo siempre sus ropajes de gala – “pasando de la camisa de manga corta al chaleco de cuadros escoceses, de los anchos tirantes como la banda de “Bellea del Foc” a la pajarita roja de payaso de circo” como la describiera el insigne Adrián López -, rematados con un pañuelo que alguna vez aspiró a ser blanco, su sombrero cortés y su eterno guardapolvos negro del que colgaban docenas de medallones, flaneras y otros cachivaches, a los que era tan aficionado, regalados por vecinos, bromistas y bienintencionados.

Poco importaba que fueran medallas de la Santa Faz, premios escolares, chapas conmemorativas del Hércules, o galardones artísticos infantiles. Para Caruso suponían una muestra del reconocimiento popular y las lucía con orgullo y solera como el gran divo que era.

Su pequeño rostro, surcado por mil arrugas y ajado por los años y el sol, raramente transmitía emociones, que para ello ya se bastaba con el intenso brillo de sus ojos melancólicos, embriagados de mar, palmeras y sol.

Por ellos corría un velo de inocencia arrebatadora, esa especie de remanso de paz que tienen los que algunos llaman tontos pero que a veces te hacen sospechar quien es más tonto que quién. Era aquella la mirada de un niño que había quedado atrapado en la Navidad que le viera nacer en las calles delbarrio de Carolinas allá por 1930 para nunca más crecer mentalmente.

“¡Caruso, canta Granada“! Le decían socarronamente algunos bromistas apostados en las terrazas de La Explanada.

Y allí que se acercaba el bueno de Caruso, el xiquet de las Carolinas, con andares resueltos de gran figura. Saludaba con su sombrero con amable cortesía, carraspeaba teatralmente, estiraba sus ropajes y se erguía muy digno, tomando resuello para encandilar a su público con la mejor voluntad del mundo, a falta de arte que echarse al coleto.

Y en aquel punto, la tarde se rompía con su voz quebrada, cazallera y pretenciosa: ¡Grrrrraaaannnnaaaaaddddaaaa!!! bramaba broncamente, para susto y sorpresa de los foráneos y la hilaridad y el cariño de su audiencia local. Las risas ocupaban el lugar de las peticiones de bises. Los chistes sustituían a los vítores. No habían pañuelos en los palcos, no había saludos de la orquesta, no había bajada de telón.

Pero eso a Esteban le importaba tres pimientos. En su imaginación desbordada, era como si la propia Scala de Milán se hubiera puesto en pie para brindarle la más sentida ovación al genio que tanto admiraban. Perpetrada la pantomima, saludaba con porte pinturero al respetable, hacía una genuflexión y esperaba aplausos y propinas. Y como no las hubiera, amenazaba con atacar alguna otra pieza del Bel Canto, motivo más que suficiente para que cayeran algunos durillos al zurrón con los que poder ir tirando.


Caruso era puro corazón. Bonachón, bienintencionado, manso y afable como pocos, incapaz de hacerle daño a una hormiga. Vivía y dejaba vivir, mientras le permitieran seguir instalado en su paradisíaco oasis de fantasía y ensoñamiento. En su sonrisa desdentada y su gesto ausente se vislumbraba que aquel era un ser feliz, inmensamente feliz, mientras pudiera seguir sumergido en su mentira, ajeno a la cruel realidad que le rodeaba.

Y, si alguna vez, un cobarde malintencionado quisiera provocarle metiéndose con su nula capacidad interpretativa, por toda respuesta, Caruso saludaba con su sombrero y respondía del único modo que conocía; regalando al pobre demonio alguno de sus mejores temas, con aún más énfasis, si es que ello fuera posible.

Dicen las crónicas que su leyenda se gestó durante el preceptivo servicio militar, obligatorio e interminable en aquel entonces. “Un día, celebrando la festividad del Cuerpo de Ingenieros, se organizó una velada y él subió al escenario. Al escuchar su voz quebrada, casi rota, algunos compañeros le gastaron la broma de “¡mira, igualito que Enrico Caruso!” y desde entonces se sintió cantante”.

Quiso así la ironía del destino que Esteban quedara atrapado para siempre en la irreal existencia de aquel personaje, que nunca ya abandonara en toda su vida. Ficción y realidad se enredaron en su mente hasta formar un todo indivisible. Y en ese mundo paralelo, el bueno de Esteban, el chiquillo de las Carolinas, el sublime Caruso, supo y quiso ser feliz, junto a su amada Marieta, con la que recorrían, cogidos de la mano, las calles y arrabales alicantinos, formando un todo con la ciudad y el Mediterráneo, pasando a formar parte del imaginario de una ciudad que supo amarle y adoptarle en su corazón hasta que el cáncer nos lo arrebatara en el invierno de 1993, roto y desahuciado por la pérdida de su amor tres años antes.

Genio y figura. Realidad y leyenda. Grandeza y humildad. Inocencia y bondad. Así era Caruso. Y aún hoy, cuando la brisa mediterránea revolica las ancianas palmeras de La Explanada y se mece sobre las olas del Postiguet para después erguirse majestuosa por las faldas del Benacantil hasta abanicar la misma Cara del Moro, hay quien dice que si prestas atención a los sonidos perdidos del pasado que arrastra a su paso, puedes llegar a escuchar la voz ronca de Esteban Pérez Salgado, nuestro añorado Caruso, tirando de su limitado pero bien exprimido repertorio para cantarle a Alicante desde el corazón aquello de:

“Granada, tierra soñada por mí, mi cantar se vuelve gitano cuando es para tí, mi cantar hecho de fantasía, mi cantar flor de melancolía que yo te vengo a dar”.

por Victurs
Origen de la publicación: http://lamillorterradelmon.com/category/fills-del-poble-alicantinos-ilustres/
Publicada por la pagina: http://lamillorterradelmon.com
Redactor: Pedro Ferrándiz González
Publicado el 8 abril, 2015
Publicado en Fills del Poble (Alicantinos Ilustres) |
Publicado el 6 octubre, 2014
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