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Villajoyosa (calafates, pescadores y rederos)

Villajoyosa es uno de esos pocos lugares donde aún puede verse, casi a pie de playa, cómo era la vida antes de que el urbanismo salvaje arrasara la industria. . . . . . . . .
Villajoyosa es uno de esos pocos lugares donde aún puede verse, casi a pie de playa, cómo era la vida antes de que el urbanismo salvaje arrasara la industria. Basta con acercarse al puerto. Desde él parten antes del amanecer los barcos pesqueros hacia el mar, sin embargo lo interesante no está en ellos (al menos no hasta que regresen cargados de pescado sobre las cinco de la tarde). Lo que merece la pena y pasa desapercibido está junto a él, el “astillero” Santa Marta.

Un cartel es lo único que referencia este “taller” de embarcaciones de aspecto destartalado como lo que resta de una flamante industria naval que se remonta al siglo XV y en la que hoy apenas trabajan cinco o seis personas, supervivientes de la ancestral profesión de calafate. El pequeño cartel habla de la fama de los astilleros recordando que de ellos salían relucientes veleros de hasta de tres mástiles, goletas y pailebotes que “surcaban océanos y permitieron el florecimiento de una importante actividad mercante”. Ahora se dedican a reparar y mantener la flota de catamaranes que va a la isla de Benidorm y a la de Tabarca, los barcos pesqueros y de cuando en cuando algún velero de madera.


Pero no siempre fue así. En la playa “Varadero”, a escasos cien metros del astillero, hay otra referencia a esta industria en extinción (que la ocupó durante largo tiempo). En los siglos XIV y XV Villajoyosa contaba con reales astilleros que construían parte de la flota de galeras. En el XVI los desaparecidos astilleros del Arsenal (en la otra punta de Playa Centro) eran los más famosos del reino de Valencia. En el XIX la población alcanzó la segunda matrícula naval de España y fue puerto industrial de Alcoy haciendo barcos de hasta 400 toneladas. En los 70, Villajoyosa tenía aún cinco de los 13 astilleros de los que solo resta uno.
Tras dejar el “Santa Marta” uno puede pasear al Club Naútico. No hay en él grandes yates, más bien veleros y barcos familiares. En ese tramo hay restaurantes y bares. Como almuerzo, el pulpo rebozado de uno llamado Ca Marta está de lujo y es poco usual. Si no hay presupuesto, siempre puede uno sentarse en un banco a zampar un bocata al sol, como hacen los grupos de jubilados que llegan de visita.

Tras el club Naútico hay una escollera y en su punta un pequeño faro. Frente a él, en tierra, el edificio de las oficinas de la Cofradía de Pescadores. Si uno quiere visitar en la tarde la lonja antes hay que pedir permiso, pues no está abierta al público en general. La visita merece la pena.


Tras las primeras casas de colores de pescadores se suceden edificios sin personalidad hasta lo que alguna vez fue una espléndida casa, después reconvertida “vaya usted a saber cuando” en la desaparecida discoteca Pachá. De su rastro quedan las cerezas incrustadas en el muro, pero ni éstas tienen color. La casa se llama “Senyoreta l’Hort” y fue catalogada como una finca “señorial de finales del s. XIX o principios del s. XX con jardines muy interesantes” según el catálogo de bienes del municipio. La realidad es que los jardines están hechos polvo, con palmeras carcomidas de la plaga de Picudo y el edificio señorial en ruina. En definitiva, un lugar que pese a tener su historia, hoy llama la atención por ser una finca sucia con aspecto abandonado a pie de playa.


A continuación están las casas de colores más antiguas del pueblo y, frente a ellas, una estatua que da la espalda al mar. Es José María Esquerdo Zaragoza, nacido en el pueblo en 1842, al que se considera padre de la psiquiatría moderna en España. Fundador de los sanatorios de Carabanchel y del Paraíso, fue concejal del Ayuntamiento de Madrid y diputado a Cortes en 1893 y 1910. Tras la muerte de Ruiz Zorrilla en 1895, alcanzó la jefatura nacional del Partido Republicano y este 2013, hasta el 30 de enero, el Congreso de los Diputados acogió una exposición sobre su figura.

Al final de la playa, la desembocadura del río Amadorio. Conocida la zona como Arsenal (donde estuvo el citado astillero), su cauce es ahora un parque natural agradable al paseo desde el que se ven las antiguas murallas sobre las que descansan casas centenarias y se puede acceder al casco antiguo, declarado también Bien de Interés Cultural (BIC).


En el casco antiguo es interesante visitar la iglesia, del siglo XVI, una de las pocas ensambladas a una muralla (antes de ir mejor llamar a la oficina de turismo para saber cuando visitarla pues pese a ser un BIC no está abierta y la enseñan devotas voluntarias en su tiempo libre).

Se puede salir del casco antiguo por la plaza de la Generalitat, bajo la que se dice que yace el foro romano de la antigua ciudad de Allon. En una de sus esquinas está el edificio donde nació un ilustre doctor Esquerdo. La placa que daba fe de ello ya no está y dentro de nada, tampoco estará la casa. Frente a ella, en una terracita sientan bien cervecitas con tapas deleitándose al calor del sol.

Ya cruzando el puente, subiendo por la calle que va hacia el construido para el ferrocarril, se llega a un edificio modesto con el cartel de “Redsinsa“. Es la última fábrica de redes que queda de lo que fue otra gran industria en la localidad. Durante siglos, hombres y mujeres de Villajoyosa eran famosos en su confección. Hasta el siglo XX la producción se organizaba por “sendas”, parcelas de una familia donde trabajaban otras tantas. Con la marcha del cáñamo y la llegada del material sintético varias de ésas sendas se unieron naciendo Redsinsa-Redes Sintéticas, S.A. En su fachada se lee: “desde 1778”. Hoy, además de producir hilo, cuerdas y tejer redes de pesca, lo hacen con otras de diversos usos, hasta las de las porterías del Barcelona o el Villareal.


Se puede preguntar si dan permiso para ver la fábrica que, aunque tiene material para un museo, aún carece de sala expositiva al efecto.

A escasos metros de la fábrica está la estación “Villajoyosa”. El rey Alfonso XIII la visitó en 1911 para colocar la primera piedra del ferrocarril Alicante-Denia. Hoy en ella no hay señal alguna de la efeméride. Sus edificios también están cerrados a cal y canto con agujeros en sus tejados. Así, es mejor regresar al punto de partida, al puerto. Ya llegan los barcos llenos y en la lonja está a punto de empezar la subasta…


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