"Alicante, la casa de la primavera. - Wenceslao Fernández Flórez"

Jorge Juan Santacilia: marino y científico.

Jorge Juan Santacilia nació en Novelda el 5 de enero de 1713 en el seno de una familia de la pequeña nobleza ciudadana. Fue el primer fruto del matrimonio formado por el caballero alicantino Bernardo Juan Canicia y la dama ilicitana Violante Santacilia Soler de Cornellá, ambos viudos y con hijos de sus anteriores enlaces. La temprana muerte de su padre determinó que fuera su tío y tutor Cipriano Juan Canicia, caballero de la Orden de San Juan u Orden de Malta, quien asumiera la tarea de educar a su sobrino, llevándoselo a estudiar con él a Zaragoza y propiciando su ingreso en dicha orden militar. En 1725, tras ser admitido como paje del Gran Maestre de la Orden, Antonio Manuel de Villena, Juan fue enviado a Malta donde, aprobadas sus pruebas de nobleza y una vez hubo completado las cuatro preceptivas campañas o «caravanas» embarcado en las galeras de la Orden, obtuvo el hábito de caballero de Justicia.


A mediados de 1729 regresó a España y solicitó su ingreso en la Real Compañía de Guardias Marinas que en 1717 se había creado en Cádiz. Tras una espera de seis meses por falta de plazas vacantes, obtuvo al fin la carta-orden de guardiamarina y, a principios de 1730, pudo embarcarse en la primera salida de navíos, siendo destinado al Mediterráneo. En septiembre de ese mismo año, el Gran Maestre de la Orden de Malta le concedió la encomienda de Aliaga en la lengua de Aragón, de la que no pudo tomar posesión hasta 1746.

Entre 1730 y 1733 alternó las operaciones navales con los estudios en la Academia de Guardias Marinas, distinguiéndose por su nivel de conocimientos y siendo nombrado sub-brigadier de la Compañía. En estos años hizo cuatro campañas contra la piratería berberisca y participó en diferentes expediciones. En 1731 su buque escoltó al futuro rey Carlos III desde Antibes a Liorna; en 1732, durante la campaña naval de Liorna, consiguió apagar un incendio que se había declarado en su barco y ese mismo año fue destinado al navío «Castilla» con el que acudió a la reconquista de Orán. Su último servicio en el Mediterráneo fue en el navío «El León», formando parte de la escuadra de Blas de Lezo que, a finales de 1733, patrulló durante más de cincuenta días al acecho de otra argelina hasta que una epidemia de tifus acabó con la vida de más de quinientos hombres. Jorge Juan, gravemente enfermo, fue desembarcado en Málaga y atendido y curado en casa del cónsul de Malta.

Una vez restablecido pudo regresar a Cádiz y retomar sus estudios en la Academia hasta que, poco tiempo después, en octubre de 1734 y con tan sólo veintiún años fue elegido, junto con Antonio de Ulloa, para formar parte de la expedición de científicos que, patrocinada por la Academia de Ciencias de París, debía dirigirse al virreinato del Perú y allí efectuar las observaciones y trabajos conducentes a la medición del grado de un arco de meridiano por debajo de la línea del ecuador; tarea que a la postre consagraría a los dos marinos españoles como científicos y les proporcionaría bien ganada fama.

Diferentes experiencias realizadas con el péndulo durante el siglo XVII habían llevado al científico inglés Isaac Newton a deducir la hipótesis de que la Tierra no era una esfera perfecta sino achatada por los polos. Esta teoría fue rebatida por los astrónomos franceses Piccard, La Hire y Cassini quienes consideraron que la Tierra era un geoide alargado en el sentido de los polos. En 1733 la Academia de Ciencias de París, deseando zanjar esta controversia, y estimando los grandes beneficios que el correcto conocimiento de la forma y tamaño de la Tierra reportaría para la navegación, la cartografía y muchas otras disciplinas, solicitó permiso al Rey de España para que una comisión de científicos dirigida por Louis Godin, e integrada por Pierre Bouguer, Charles Marie de la Condamine, Joseph Jussieu y otros, midiera con exactitud un grado del meridiano terrestre en el virreinato del Perú, cerca del ecuador. El monarca hispano accedió pero exigió la incorporación al grupo expedicionario de dos marinos españoles, siendo elegidos los guardias marinas Jorge Juan y Antonio de Ulloa para que colaboraran con los académicos franceses y realizaran sus propios cálculos.

Simultáneamente, la Academia francesa envió otra expedición a Laponia, al mando de Pierre Louis Moreau de Maupertuis y de la que formaban parte Clairaut, Camus y Lemonier, con el cometido de efectuar idénticos trabajos cerca del círculo polar y poder así contrastar los resultados. El cuerpo expedicionario francés enviado al Norte, al que se unió el sabio sueco Celsius a la sazón profesor en Upsala, desarrolló los trabajos con rapidez y los finalizó sin problemas en agosto de 1737. Sus conclusiones, publicadas por Maupertuis en 1738 en su Relation du voyage, confirmaban la tesis de Newton de que la Tierra era una esfera achatada por los polos.

La expedición al continente sudamericano fue más larga y laboriosa y, por lo que hace a los jóvenes marinos españoles, adquirió caracteres de auténtica aventura científica. No es este lugar para describir con detalle la que ha sido calificada como la empresa más importante de la ciencia española en la primera mitad del siglo XVIII, aunque sí para indicar que el desarrollo de las observaciones no estuvo exento de penalidades, consecuencia de las durísimas condiciones vividas en la cordillera andina.

Las tareas de medición se prolongaron desde 1735 hasta 1744, siendo a menudo interrumpidas por las llamadas del Virrey a Juan y Ulloa para que organizaran la defensa de las costas del Pacífico frente a los ataques de la flota inglesa mandada por el vicealmirante Vernon. Concluidos los trabajos, los dos españoles embarcaron por separado en sendos navíos franceses para regresar a España por la ruta del Cabo de Hornos. Jorge Juan, tras un viaje menos azaroso que el de su compañero, arribó al puerto de Brest en octubre de 1745. De allí pasó a París, donde fue nombrado miembro correspondiente de la Academia Real de Ciencias, y se restituyó a Madrid a comienzos del año siguiente. Ulloa llegó algunos meses más tarde pues, apresado su barco por los ingleses, fue hecho prisionero y trasladado a Londres donde, comprobada su condición de científico, le devolvieron sus libros y papeles y le nombraron miembro de la Royal Society.

Reunidos de nuevo Juan y Ulloa en Madrid, y tras dar a conocer a Ensenada la labor realizada en el transcurso de su comisión, los dos marinos recibieron el encargo de redactar los resultados del viaje al virreinato del Perú. Y así, adelantándose a los científicos franceses, en 1748 publicaron de forma conjunta tanto el volumen de las Observaciones Astronomicas y Phisicas (...) en los Reinos del Perú, cuya redacción había corrido a cargo de Juan y donde se exponían los resultados científicos de la medición; así como la Relacion Historica del viage a la America Meridional [tomo uno, tomo dos, tomo tres y tomo cuatro], cuatro tomos escritos por Ulloa sobre historia, geografía, etnografía y muchas otras cuestiones del virreinato.

El periplo americano marcó indefectiblemente el resto de la trayectoria del marino y científico noveldense al propiciar su entrada en contacto con el Marqués de la Ensenada. El vasto plan de reformas y de fomento naval auspiciado por el poderoso ministro precisaba para su desarrollo del conocimiento y aplicación de cuantas novedades y adelantos técnicos circulaban por Europa; especialmente todos aquellos que tuvieran relación con la mejora y modernización de la Armada y de sus arsenales. Por ello, Jorge Juan fue enviado a Londres en 1748, por expreso deseo del ministro, para el desempeño de una misión de auténtico espionaje industrial.

Portador de instrucciones secretas muy precisas, junto con un código cifrado para enviar mensajes, y adoptando en ocasiones una falsa identidad, logró obtener importante información técnica acerca del funcionamiento de las denominadas máquinas de fuego (máquinas de vapor), de la actividad de las fábricas de velas y jarcias, de la organización de los arsenales ingleses y de los progresos experimentados en el diseño y construcción de barcos. Remitió planos completos de todas las piezas de sus buques así como los de una máquina para blanquear cera y otra para la draga de los puertos, adquirió matrices para elaborar tipos de imprenta, obtuvo la fórmula del lacre y detalles técnicos de la fabricación de los paños ingleses. También compró libros e instrumental científico con destino al Colegio Imperial de Madrid, a la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, al Colegio de Cirugía de esa ciudad y a otras instituciones. Pero su logro más audaz fue la contratación de varias decenas de técnicos y especialistas en construcción de buques y otros elementos, tales como jarcias o lonas, a los que consiguió trasladar a España con sus familias.

Tras una arriesgada estancia de dieciocho meses en Londres, durante la que estuvo a punto en varias ocasiones de ser descubierto y encarcelado, en junio de 1750 retornó a España con grandes dificultades pero habiendo cumplido satisfactoriamente la misión encomendada.

A su regreso, Juan logró el ascenso a capitán de navío y fue encargado por el Marqués de la Ensenada de la dirección de las obras de los arsenales así como de la renovación y modernización de toda la construcción naval.

Su conocimiento de los problemas de la fabricación y mecánica del buque se remontaba a sus años de estancia en el Perú debido, por una parte, a la estrecha convivencia con Pierre Bouguer, miembro de la expedición y autor del Traité du vaisseau, libro publicado en 1746 que redactó durante el tiempo de su comisión; así como por la circunstancia de haber tenido Juan que supervisar y dirigir, junto con Ulloa, la carena y equipamiento de dos fragatas destinadas a defender las costas del virreinato de la amenaza inglesa.

El problema de los barcos españoles, construidos con el sistema de Gaztañeta, era su mala maniobrabilidad, su pesadez y lentitud así como el excesivo consumo de madera en su fabricación. Durante su estancia en Londres observando las técnicas inglesas, Juan había constatado las ventajas de sus barcos, más ágiles y veloces, por lo que se aplicó al estudio y reflexión de un nuevo método fundamentado no sólo en la práctica sino en el cálculo matemático y los principios de la Física aplicados al desplazamiento de los buques en el agua. Tras múltiples ensayos con modelos construidos a escala, en 1752 el marino reunió en Madrid a todos los técnicos traídos desde Inglaterra y durante nueve meses diseñó y trazó los planos de toda clase de buques y sus diferentes piezas, estableciendo un conjunto uniforme de reglas y redactando el Nuevo método de construcción naval, en el que aplicó sus conocimientos de mecánica, hidráulica y cálculo diferencial e integral. Este nuevo método, que impropiamente se llamó «inglés», se implantó en nuestra Armada hasta que, en 1765, fue relegado por el sistema francés importado por el ingeniero François Gautier, modelo en el que primaba la velocidad del navío por encima de la estabilidad del ideado por Jorge Juan.

Con la llegada a España de los técnicos en construcción naval y maestros expertos en la fabricación de todo tipo de elementos indispensables para la Marina, se posibilitó la introducción de los últimos avances tecnológicos y la puesta en marcha de las instalaciones que Ensenada y Jorge Juan, como director de todos los proyectos navales, consideraban imprescindibles no sólo para la fabricación de naves sino para la construcción y reforma de los arsenales de Cádiz, Ferrol y Cartagena. La modernización de éstos conllevaba obras para incorporar los diques secos de carena, innovación gracias a la cual aumentó de modo notable la vida media de los buques.

La intervención de Juan en Ferrol comenzó en 1751 modificando los planos originales elaborados por don Cosme Álvarez y supervisando los trabajos del nuevo arsenal que se estaba construyendo en Esteiro en sustitución del astillero existente en La Graña, donde sufrió un gravísimo accidente que estuvo a punto de costarle la vida. A finales de 1753 se puso al frente de las obras, ayudado por el ingeniero Francisco Llobet, estableciendo una serie de mejoras en el calado de los muelles y en la ubicación de los talleres de mantenimiento, y planificando además un poblado anejo a la base naval para albergar a los trabajadores y militares. Con doce gradas de construcción, fue el mayor de Europa en su tiempo. También diseño los dos diques secos de carena del arsenal y, en 1761, supervisó la puesta en funcionamiento del primero de ellos, desplazando a Ferrol las fábricas de jarcias y lonas de Sada.

En el arsenal gaditano de La Carraca, la intervención, en 1753, de Jorge Juan consistió, básicamente, en elaborar un proyecto junto con José Barnola para adecuar las instalaciones a las nuevas técnicas.

En 1754 se trasladó a Cartagena para intervenir en las obras de sus muelles, realizadas sobre los planos de Sebastián de Feringán. En su dársena construyó los dos primeros diques de carenar en seco del Mediterráneo, que estuvieron concluidos en 1759. Años después, siendo director del Seminario de Nobles de Madrid, diseñó y supervisó la construcción de dos bombas de vapor para el achique de estos diques, obra que la muerte le impediría concluir.

La notable capacitación de Jorge Juan para todas aquellas cuestiones que requerían conocimientos de carácter técnico y científico así como su infatigable dedicación al trabajo le convirtieron en un hombre imprescindible para la resolución de problemas que no sólo se circunscribieron a asuntos de Marina sino que abarcaron actividades tan diversas como la Minería, la Hidráulica o la Siderurgia, de ahí que realizara más de veinticuatro viajes de un extremo al otro de la Península en el desempeño de los más variados encargos.

Dejando aparte sus continuos desplazamientos para dirigir las obras de los arsenales de Cádiz, Ferrol y Cartagena, también hubo de visitar el astillero de Guarnizo para informar sobre la calidad de los barcos construidos en él por don Juan de Isla. En 1750 viajó a la sierra de Alcaraz para estudiar sobre el terreno el proyecto de un canal de trasvase presentado por el ingeniero militar Sebastián Feringán para abastecer con aguas de los ríos Castril y Guardal las tierras de Lorca y Totana. Jorge Juan ratificó dicho proyecto, tras efectuar en él varias modificaciones, pero la caída política de Ensenada, pocos años después, paralizó esta iniciativa.

Desde 1751, inspeccionó en varias ocasiones las minas de mercurio de Almadén y las de plomo de Linares, ideando un sistema de ventilación de las galerías que, además de beneficiar a los trabajadores, evitándoles respirar los vapores nocivos que se concentraban en ellas, permitió aumentar la producción anual de las mismas. En Almadén, además, consiguió apagar un incendio que desde hacía dieciséis meses impedía los trabajos de extracción del mercurio.

En 1754 visitó el complejo siderúrgico de La Cavada (Santander), importante productor de cañones para la Armada española.

Asimismo, como vocal de la Junta General de Comercio y Moneda estudió y mejoró el peso, la liga y la afinación de los metales empleados para la fabricación de monedas.

En septiembre de 1751 Jorge Juan recibió el nombramiento de capitán de la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, cargo equivalente al de su máximo jefe militar. Sus muchas ocupaciones en los arsenales de Ferrol y Cartagena y con la Junta de Construcción Naval, reunida en Madrid, motivaron que no llegara a Cádiz hasta octubre de 1752, pero antes diseñó un ambicioso proyecto de modernización de la institución que afectaba especialmente a la estructura docente de la Compañía, es decir, a su Academia. La reforma contemplaba la contratación de nuevo y más competente profesorado; la mejora del nivel de las enseñanzas, fundamentalmente las matemáticas, introduciendo el estudio del cálculo diferencial e integral; la realización de certámenes públicos así como el fortalecimiento de la formación teórica de los alumnos más aventajados para hacer de ellos buenos oficiales científicos, derivando a los menos adelantados hacia la práctica de la navegación para formar con ellos buenos pilotos.

El respaldo de Ensenada, otorgándole plenos poderes para dirigir la actividad docente de la Academia, permitió a Jorge Juan poner en práctica todas las reformas proyectadas, completando en poco tiempo un cuadro de profesores altamente cualificado encabezado por el astrónomo Louis Godin, como director; los militares José Aranda, Gerardo Henay y Vicente Tofiño, maestros de matemáticas; José Díaz Infante, de artillería; José Carbonel, maestro de idiomas y bibliotecario; y Nicolás Perinat, de esgrima, entre otros. Además logró permiso para redactar e imprimir en la propia Academia nuevos manuales y textos científicos sin necesidad de obtener la censura previa, siendo su Compendio de Navegacion para el uso de los Cavalleros Guardias Marinas, publicado en 1757, el primer libro salido de dicha imprenta.

En 1753, Jorge Juan creó, junto con Godin, el Observatorio Astronómico gaditano, concebido como institución aneja a la Academia para el adiestramiento e instrucción de los cadetes. Gestado durante su estancia en Londres, el marino adquirió allí muchos de los libros e instrumentos necesarios para su puesta en funcionamiento, entre ellos un cuarto de círculo mural de seis pies construido por John Bird.

La destitución del Marqués de la Ensenada, en julio de 1754, supondría para Jorge Juan la paralización de muchos proyectos ya iniciados. Uno de ellos, de importancia capital tanto para la Geografía como para la Hacienda por sus implicaciones con el Catastro, era el levantamiento de un Mapa de España con arreglo a las más modernas técnicas geodésicas y cartográficas. A tal fin Jorge Juan tenía ya redactados tres documentos complementarios: las Instrucciones, en cuya elaboración pudo haber intervenido Ulloa y que fueron realizadas antes de 1751, el Método y las Reflexiones, obras ambas exclusivas de Juan y fechadas en 1751. Pero la intriga política que derribó a Ensenada, postergó esta iniciativa y determinó que España no consiguiera concluir su Mapa Topográfico Nacional hasta 1980.

Otra de sus aspiraciones, también lamentablemente frustrada, fue la creación en Madrid de una Academia Real de Ciencias, a imagen de la francesa, para la que llegó a elaborar en 1753 un Plan de 50 Ordenanzas para la Sociedad Real de Ciencias de Madrid, ayudado por Godin y José Carbonel, profesor de idiomas y bibliotecario de la Academia de Guardias Marinas de Cádiz.

Malogrado también dicho proyecto, en 1755 fundó, en su residencia gaditana, una tertulia que denominó Asamblea Amistosa Literaria, en la que se reunían todos los jueves profesores de la Academia de Guardias Marinas y del Colegio de Cirugía de Cádiz: matemáticos y astrónomos como el propio Juan, Godin y Tofiño; el maestro de artillería José Díaz Infante, los de matemáticas Gerardo Henay y José Aranda, cirujanos como Pedro Virgili y su yerno Francisco Canivell, médicos como Diego Porcel y José de Nájera, o académicos de la Historia como el eminente literato José Luis Velázquez, marqués de Valdeflores, o el ya citado maestro de lenguas José Carbonel, que actuaba como secretario. En las sesiones, los miembros exponían memorias y comunicaciones científicas de toda índole, que eran discutidas y comentadas por todos ellos. La vida de la Asamblea no debió prolongarse más de tres años, disolviéndose al cabo de este tiempo debido a los muchos asuntos que reclamaban la atención de Jorge Juan fuera de Cádiz.

Durante estos años gaditanos fue consolidando su carrera en la Armada, procediendo a ocupar los empleos que le correspondían; aunque algunos de ellos ciertamente de manera tardía. Ya en 1735, cuando se aprestaba a partir al Perú y con el fin de estar en cierto plano de igualdad con los expedicionarios franceses, había sido ascendido, junto con su compañero Antonio de Ulloa, de guardiamarina a teniente de navío, saltándose por tanto tres empleos intermedios: alférez, teniente de fragata y alférez de navío. Hasta su vuelta, en 1746, no obtendría el empleo de capitán de fragata, aunque dos años más tarde ya lo era de navío y, por fin, en 1760, fue nombrado jefe de Escuadra.

Pero Jorge Juan no sólo colaboró eficazmente en los planes de revitalización de la Armada española, diseñados en los gobiernos de Felipe V y Fernando VI por los ministros Patiño y Ensenada, sino que contribuyó con sus conocimientos y dedicación al desarrollo de la ciencia en España, alcanzando por ello una consideración y respeto internacionales como pocas veces lo ha logrado un científico español. Su trayectoria científica interdisciplinar, su actividad como matemático, ingeniero, astrónomo o geodesta, convierten su figura en referente imprescindible de nuestra Ilustración.

La importante producción científica de Jorge Juan alcanzó bien pronto un notable eco en el extranjero, si bien en un primer momento su firma aparecería unida a la de Antonio de Ulloa, su compañero en la expedición al virreinato del Perú. En 1748 publicaron los resultados de su viaje en cinco volúmenes firmados por ambos pero habiéndose encargado cada uno de ellos de la redacción de dos obras bien diferentes. Así, Antonio de Ulloa redactó en cuatro tomos la denominada Relacion Historica del Viage a la America Meridional [en la que daba pormenorizada noticia de las vicisitudes acontecidas durante la expedición, al tiempo que recogía descripciones y observaciones muy valiosas sobre la historia, geografía, etnografía y vegetación, así como planos y mapas, de todas las regiones del territorio americano por donde anduvieron. Por su parte, el libro de las Observaciones Astronomicas y Phisicas, hechas de orden de su Magestad en los reynos del Perú. De las quales se deduce la figura, y magnitud de la Tierra, y se aplica a la navegación, fue responsabilidad exclusiva de Jorge Juan. Esta obra, de enorme interés y riqueza científica organizada en nueve libros, describe con un notable aparato teórico el método seguido para llevar a cabo las mediciones necesarias para precisar el valor del grado de meridiano y concluir que la Tierra es una esfera achatada por los polos. En las Observaciones el marino alicantino demuestra su profundo conocimiento del cálculo infinitesimal a la vez que asume, con los riesgos que ello entrañaba en esos momentos, el sistema copernicano y las teorías de Christiaan Huygens e Isaac Newton. Los problemas que por este motivo le planteó la Inquisición para autorizar la publicación del libro fueron solucionados maquillando su inequívoca posición copernicana como una pretendida hipótesis, más que afirmación rotunda, acerca del movimiento de la Tierra sobre su eje y en torno al Sol. No menos efecto debieron de tener los buenos oficios desplegados ante el Santo Tribunal por el jesuita Andrés Marcos Burriel, a cuyo cargo corrió la revisión de la obra antes de darla a la estampa. La repercusión que su publicación tuvo en Europa fue inmensa y obtuvo el inmediato reconocimiento internacional, consagrando a su autor como reputado científico. En 1773 las Observaciones Astronomicas conocerían una segunda impresión en la que, a modo de capítulo preliminar, se publicaba un escrito elaborado en 1765 por Jorge Juan y que por una serie de circunstancias permanecía inédito. Este opúsculo, titulado Estado de la Astronomía en Europa, supondría la aceptación definitiva del copernicanismo en España.

De su colaboración con Antonio de Ulloa surgirían, además, la Disertacion sobre el meridiano de demarcacion entre los dominios de España y Portugal (1749), texto de evidente finalidad política que sería empleado como documento base en las negociaciones que darían lugar al Tratado de Límites suscrito por ambas naciones en 1750; el Discurso y Reflexiones políticas sobre el estado presente de los Reinos del Perú, informe reservado de carácter estrictamente político en el que daban cuenta de la situación social, eclesiástica, militar, económica y administrativa del imperio colonial español en América y que aparecería publicado en Londres en 1826 bajo el título de Noticias secretas de América; y la denominada Carta del Mar del Sur.

La producción científica estrictamente personal de Jorge Juan se orientó hacia la edición de textos dotados de gran rigor matemático y básicamente relacionados con la Náutica y la Astronomía. En 1757 publicó en Cádiz su Compendio de Navegacion para el uso de los Cavalleros Guardias Marinas, donde analizaba elementos fundamentales de la navegación tales como el rumbo, la distancia y la posición, así como el método e instrumentos necesarios para su determinación.

Pero su obra cumbre la componen los dos volúmenes del Examen Maritimo Theórico Practico, ó Tratado de Mechanica aplicada á la Construccion, Conocimiento y Manejo de los Navios y demas Embarcaciones (volumen primero; volumen segundo). Publicado en 1771, este libro constituye la gran aportación de Jorge Juan a la ingeniería naval y a la mecánica de fluidos y es, sin duda, el mejor tratado europeo del siglo XVIII sobre construcción naval.

Con anterioridad, como ya queda dicho, su empeño por impulsar la elaboración del mapa de España apoyado en una red geodésica le llevó a redactar unas Instrucciones para la formación de veinte compañías de geógrafos, hidrógrafos y astrónomos y, en 1751, el Metodo de levantar y dirigir el mapa o plano general de España (...). Este documento, al igual que muchos de los informes emitidos por Jorge Juan en el desempeño de su labor, como el Suplemento de la fabrica y uso del cuarto de circulo o la Carta a D.Sebastián de Canterzani sobre las observaciones del paso de Venus por el disco del Sol, fueron publicados en 1809, al ser incluidos en las Memorias del Depósito Hidrográfico.

Los profundos conocimientos de Jorge Juan en el campo de las Matemáticas, la Astronomía o la Física le valieron bien pronto fama y reconocimiento internacional. En 1746, recién llegado de su viaje al Perú, recaló en París para dar cuenta a la Academia de Ciencias de los resultados de la medición, conferenciando con algunos de sus miembros sobre determinados extremos y siendo nombrado socio correspondiente de la misma. La repercusión que tuvo en toda Europa la publicación de las Observaciones Astronomicas y Fisicas marcó el inicio de una brillante trayectoria profesional que se reflejaría en su pertenencia a otras prestigiosas instituciones españolas y extranjeras. En 1749, durante su estancia en Inglaterra, fue nombrado fellow de la Royal Society de Londres y el prestigio de que gozaba entre los científicos ingleses determinó que, en 1750, el astrónomo inglés John Bevis dedicara a Jorge Juan uno de los cincuenta mapas celestes de su Catálogo titulado Uranographia Britannica. Ese mismo año el rey de Prusia, Federico II, le nombró miembro de la Real Academia de Ciencias de Berlín para la que había sido propuesto por Pierre Louis Moreau de Maupertuis, antiguo director de la expedición a Laponia para medir un grado de meridiano y a la sazón presidente de dicha Academia.

En 1754 se le nombró ministro de la Real Junta de Comercio y Moneda; en 1765, académico honorario de la Academia de Agricultura de Galicia; y en 1767 de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo distinguido por esta última al año siguiente como académico de mérito y, finalmente, en 1770 como consiliario.

En mayo de 1766 llegó a España Sidi Ahmet El Gacel, representante del Sultán de Marruecos, para negociar con el monarca hispano un acuerdo de intenciones que permitiera en el futuro la firma de un Tratado de Paz y Comercio entre ambos. Se abría así la posibilidad de superar siglos de antagonismo, piratería y ataques berberiscos a las costas españolas; de proteger la navegación comercial y de afianzar la presencia hispana en las estratégicas plazas o «presidios» que jalonaban la costa marroquí en el Mediterráneo, tales como Melilla, Alhucemas, el Peñón de Vélez de la Gomera, Ceuta y algún que otro islote, además del importante enclave atlántico de Larache. Era, también, una oportunidad para frenar los privilegios con que contaba la Marina inglesa al recalar en los puertos marroquíes.

A la vista de todo ello, en noviembre de 1766 Carlos III designó a Jorge Juan embajador extraordinario ante el Sultán. El marino salió de Cádiz hacia Marruecos en febrero de 1767, coincidiendo con el regreso a su país del enviado marroquí El Gacel. Jorge Juan encabezaba una comitiva formada por su secretario Miguel Sanz, su sobrino, el alférez de navío Francisco Juan, el diplomático Tomás Bremond, que quedaría al final de la misión como cónsul en Larache, el intérprete Francisco Pacheco, el cirujano Francisco Canivell, y varios músicos de la Compañía de Guardias Marinas, entre otros. Desembarcaron en Tetuán y, tras una larga travesía por tierra, llegaron en mayo a Marraquesh, siendo recibidos por el sultán y entablándose las negociaciones. A su término, y tras un intercambio de valiosos obsequios, esclavos y cautivos, el 28 de mayo de 1767 se firmó el primer Tratado de Paz y Comercio que la Corona española establecía con un país musulmán, por el que se obtenían importantes concesiones pesqueras, el libre comercio entre ambos países y el libre tránsito de sus súbditos.

Cumplida su etapa gaditana fue reclamado desde la Corte para el desempeño de más altos menesteres relacionados con la enseñanza. En mayo de 1770 Jorge Juan fue nombrado director del Real Seminario de Nobles de Madrid, permaneciendo al frente del mismo hasta su muerte, en junio de 1773. Esta institución, creada en 1725 por Felipe V para educar a los hijos de la nobleza, se orientaba a la formación de las futuras clases dirigentes dentro de la carrera militar y de la Administración del Estado. Sus estudios, mientras estuvieron a cargo de la Compañía de Jesús, abarcaban desde las Matemáticas y la Física hasta la Filosofía y las letras en general.

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, la actividad docente del centro se encomendó al Ejército. Cuando Jorge Juan se hizo cargo del mismo, tres años después, se encontró una institución en franca decadencia que en ese corto espacio de tiempo había pasado de ciento tres seminaristas a tan sólo quince, y con unos gastos elevadísimos, puesto que se había tenido que contratar personal para realizar todas las actividades que antes habían desempeñado los padres de la Compañía de Jesús por muy bajo coste.

Rápidamente efectuó una reforma administrativa y docente del Seminario, logrando en poco tiempo revitalizar la institución. Así, para sanear las finanzas redujo el precio de la pensión que debía pagar cada colegial con lo que, en los tres años que estuvo al frente de la misma, consiguió aumentar el número de alumnos hasta ochenta y dos, al acudir seminaristas procedentes de familias menos adineradas. También reformó el plan de estudios, modificó el cuadro de profesores, despidiendo a aquellos cuyas enseñanzas eran inútiles para la carrera militar y potenció la enseñanza de las Matemáticas, la Astronomía y la Física, contratando a profesores altamente cualificados, como Francisco Subirás, y a técnicos para el mantenimiento de los instrumentos, como el relojero Diego Rostriaga, primer maquinista de Física del Seminario, que fue quien, en 1773, construyó bajo la dirección de Jorge Juan las dos máquinas de vapor para los diques de Cartagena. La muerte, que sorprendió al marino en Madrid el 21 de junio de 1773, le impidió ver concluido este último trabajo.


Con su prematuro fallecimiento no solo quedaba incompleta su tarea sino que España perdía un hombre que, al decir de su secretario Miguel Sanz en las primeras líneas de su Breve Noticia sobre la vida del marino, a su ingenio sutil, perspicaz viveza y pronta penetración, acompañaba un laboriosísimo genio con que, cultivando sus talentos, supo enriquecer las Ciencias e ilustrar la Nación.

REDACTORES: Armando Alberola Romá y Rosario Die Maculet - Universidad de Alicante.
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